Los libros de caballerías fueron los best sellers de la España del Siglo de Oro. Sus historias rocambolescas apasionaban al público, como hoy los culebrones, narrando existencias apasionantes muy distintas a la prosaica cotidianeidad.
Cervantes, en el Quijote, rinde homenaje y a la vez parodia las historias de valientes guerreros. En una de las escenas más célebres de la novela, el cura y el barbero tienen que decidir qué libros de la biblioteca del hidalgo manchego van a ir al fuego y qué títulos se van a salvar. Las obras que indultan reflejan las preferencias del propio Cervantes, que aprovecha la ocasión para hacer un ejercicio de crítica literaria.
El Amadís de Gaula es uno de los que evita las llamas en razón de «su arte». En cambio, Las sergas de Esplandián no se beneficia de la misma indulgencia. «Pues en verdad que no le ha de valer al hijo la bondad del padre», dice el cura. Al lector se le da a entender que no hay que poner en el mismo plano un libro escrito con talento y las imitaciones posteriores.
Tirant lo Blanc (1490), del valenciano Joanot Martorell, también recibe uno de los elogios más entusiastas, por ser «un tesoro de contento y una mina de pasatiempos».
Empar Revert Pla. lavanguardia.com (Adaptación)