La desperté. No me costó ningún trabajo. A Phoebe no hace falta gritarle ni nada por el estilo. Basta con sentarse en su cama y decirle «Despierta, Phoebe», y ¡zas!, ya se ha despertado.
—¡Holden! —dijo enseguida, y me echó los brazos al cuello. Para la edad que tiene es muy cariñosa. A veces hasta demasiado. Le di un beso mientras me decía:
—¿Cuándo has llegado a casa? —estaba contentísima de verme. Se le notaba.
—No grites. Ahora mismo. ¿Cómo estás?
—Muy bien. ¿Has recibido mi carta? Te escribí cinco páginas…
—Sí. Oye, baja la voz. Gracias.
J. D. Salinger. El guardián entre el centeno