La búsqueda de metales con los que construir herramientas y otros objetos impulsó el intercambio de productos entre las zonas ricas en metal y aquellas que no lo poseían. Con el tiempo, estos intercambios dieron lugar al desarrollo del comercio.
Las aldeas que tenían más metales se enriquecieron y aumentaron su población, convirtiéndose en poblados y, al final de la Edad de los Metales, en pequeñas ciudades. Algunas de ellas construyeron murallas debido a que sufrían los ataques de pueblos vecinos que carecían de metal.
Aparecieron nuevas ocupaciones, como los mercaderes o los guerreros. Estos últimos se convirtieron en personajes muy importantes, ya que eran los encargados de la defensa del poblado.