El triunfo de la Revolución francesa
En 1789, la Asamblea Constituyente nació con el único propósito de dar a Francia una constitución liberal que pusiera fin al absolutismo. Para reprimir una posible rebelión, Luis XVI destituyó al ministro reformista Necker. Esta decisión precipitó los acontecimientos y, el 14 de julio de 1789, los grupos revolucionarios de París tomaron la prisión de la Bastilla. El levantamiento popular se extendió rápidamente a las zonas rurales con la revuelta campesina denominada del Gran Miedo.
La Asamblea Constituyente abolió los derechos feudales y aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la que se reconocían y garantizaban las libertades individuales, la igualdad ante la ley y el derecho a la propiedad.
En septiembre de 1791, Francia promulgó su primera Constitución, donde se establecían principios como la soberanía nacional, los derechos fundamentales de la ciudadanía, la monarquía parlamentaria y la división de poderes. También se aprobó el sufragio censitario, por el que solo podían votar los varones mayores de 25 años y con cierto nivel de renta.
Después de la proclamación de la Constitución de 1791, se convocaron las elecciones que conformaron la Asamblea Legislativa, sucesora de la Constituyente. La Asamblea Legislativa estuvo formada por tres grupos políticos: los girondinos, que eran moderados; los jacobinos, más radicales y partidarios de las reformas; y el resto de diputados.
Este fue un periodo turbulento, en el que la nobleza y el clero se resistieron a perder sus privilegios, exiliándose y conspirando contra la Revolución. Las monarquías europeas tampoco escaparon de la amenaza revolucionaria. Los jacobinos, apoyados por los sans-culottes, consideraban que había que extender las ideas liberales por toda Europa y, en abril de 1792, la Asamblea declaró la guerra a Austria. Las tropas austriacas derrotaron a las francesas y Prusia invadió Francia.
El pueblo de París culpó a Luis XVI de las derrotas francesas y, en agosto de 1792, asaltó el palacio de las Tullerías, la residencia real. El monarca fue destituido por la Asamblea, condenado por traición y ejecutado en la guillotina.