La sociedad bizantina era desigual, jerárquica y patriarcal, una estructura heredada de la tradición griega.
Las mujeres vivían apartadas de la vida social y, por supuesto, de la política. Las más acomodadas pasaban los días en el gineceo, criando a su descendencia mientras tejían, y solo se relacionaban con los hombres de la familia, de los que dependían.
Las mujeres de las clases populares, aunque también dependían de un hombre, trabajaban en oficios variados como posaderas, dependientas, artesanas, curanderas, parteras, lavanderas y, sobre todo, como sirvientas y campesinas.
El Código de Justiniano mejoró su situación, ya que, entre otras cosas, reconoció el divorcio y el derecho de las mujeres a ser propietarias, a tener negocios y a gestionar herencias. Unos avances sociales y de reconocimiento a las mujeres que fueron apoyados por la emperatriz Teodora.
Aun así, resultaba complicado que una mujer se hiciera un hueco en la vida pública bizantina. Pero, a lo largo de la historia, siempre aparecen mujeres audaces dispuestas a romper las reglas.